
Mons. Asenjo inciensa
la imagen de la joven mártir |

Loreto Ballester saluda desde el púlpito |

Desde grandes pantallas
se podía seguir el acto |

La coral Antonio Cardona, de Hornachuelos |

Julián López (izq.) Alcalde de Hornachuelos, Josefa
Contador, Concejala de Cultura de Cheles y Ángel García,
Alcalde de Cheles. |

Portando la luz, niños del
Colegio Betica-Mudarra |

Piedad Martínez, Cesar Hervás,
María Simón |

Encarna González, Piedad Martínez y Mons. Asenjo en
la exposición de arte de Victoria |

Cartel de Marina Cano anunciando la exposición de artistas |

Contemplando la exposición |

En este libro los peregrinos dejan su testimonio |

La tumba de Victoria |
CÓRDOBA (Octubre, 2004).- El primer centenario
del nacimiento de Victoria Díez ha significado para los cristianos
de 30 países, “un año de encuentro profundo con una
mujer cercana a la realidad de nuestro tiempo y maestra audaz que lleva
a Cristo muy dentro del Corazón y en primera fila”.
Así lo afirmó la Directora de la Institución Teresiana
en su saludo a quienes, llenaban la catedral de Córdoba y participaban
en la Eucaristía de Acción de Gracias, presidida por el
obispo de la ciudad, Mons. Juan José Asenjo y concelebrada por
una docena de sacerdotes. (Homilia
en PDF)
Loreto Ballester dio gracias a Dios “por el impulso de santidad
que hemos recibido la Institución Teresiana en todas sus asociaciones,
en los centros y proyectos, en nuestras familias y en nuestros amigos,
en cada persona que participa de su espiritualidad, que apuesta por contribuir
a la formación de ‘vidas plenamente humanas y todas de Dios’,
en expresión de San Pedro Poveda”.
De toda España y de otros países, habían acudido
para la clausura del Centenario, miembros de la Institución, familiares
y amigos y los representantes y alcaldes de los pueblos de Cheles y Hornachuelos,
lugares en donde la joven maestra ejerció el magisterio entre los
años 1927 y 1936.
Los alumnos del Colegio Betica-Mudarra, que lleva la Institución
en Córdoba, además de estar presentes con sus maestros,
jugaron un papel especial en la presentación de ofrendas del Ofertorio.
Desde lugar prominente en el presbiterio, una inmensa fotografía
de Victoria recibía a los fieles. Y en el coro, la coral Antonio
Cardona de Hornachuelos daba solemnidad al acto con sus canciones litúrgicas.
Dos grandes pantallas, situadas en la capillas a ambos lados del altar
mayor, permitían a todos seguir la Eucaristía salvando así
el obstáculo visual de las columnas de la Mezquita, construcción
que testimoniaba la realidad a la que
aludió la Directora al recordar que Córdoba “es lugar
de cruce, de diálogo entre culturas”, y también “tierra
de mártires, de incontables testimonios de las primeras comunidades
cristianas”.
Por ello agradeció el don de Dios en sus testigos, especialmente
en la Beata Victoria Díez, y pidió para todos a María,
“emplear las energías en construir un siglo XXI donde la
paz y el respeto a la dignidad de las personas y de los pueblos muestre
el designio de Dios”.
En su homilía, el obispo de Córdoba resaltó la determinación
de la joven Victoria por aspirar a la santidad y su pasión por
la evangelización.
Dijo que su testimonio privilegiado fue mostrar que la santidad no consiste
en hacer cosas raras o extravagantes sino participar en la santidad del
mismo Dios.
“Victoria no se conformó con mediocridades, porque estaba
convencida de que el amor de Dios es inmensamente más fuerte y
abundante que la debilidad humana”, dijo el obispo.
“Ella conoció el amor de Dios y creyó en él
más que en sus propias fuerzas”, añadió al
señalar que los escritos de Victoria dan testimonio “de su
humildad sencilla, de su libertad de espíritu sin cálculos
ni condicionamientos, de su alejamiento de la mediocridad y de la rutina,
de su radicalidad que apuntaba siempre a lo más, de su recia austeridad,
de su fe hecha vida, antes que concepto o doctrina, de su generosidad
suprema en el servicio a la Iglesia y a sus alumnas”.
Mons. Asenjo recordó aspectos de la vida de la Beata Victoria Díez
que nació en Sevilla el 11 de noviembre de 1903 y sufrió
el martirio, a causa de la fe, en Hornachuelos el 12 de agosto de 1936.
Entre esas dos fechas, dijo el obispo “se inscribe una de las biografías
más atractivas, sugerentes y generosas de la historia moderna de
la Iglesia”.
Biografía que, en su opinión “sugiere con mucha nitidez
el perfil apostólico del laico, que, para evangelizar, debe antes
estar evangelizado”.
Mon. Asenjo aprovecho la Eucaristía de Acción de Gracias
para ofrecer una descripción del estado de la fe “en un mundo
como el nuestro, en el que tantos hombres y mujeres han perdido las referencias
religiosas y la experiencia de Dios”. Por ello, manifestó
la urgencia de una evangelización con impronta misionera, “que
salga a las afueras para buscar a los alejados y que anuncie el Evangelio
en toda su belleza y radicalidad, sin rebajas ni mutilaciones, ni acomodaciones
acomplejadas y timoratas a la nueva cultura”.
Para este tipo de evangelización ofreció el modelo de Victoria
y destacó “su alegre jovialidad y simpatía, su fina
pedagogía, su amor a la enseñanza, su entrega sin descanso
a la formación humana y cristiana de sus alumnas, su afinidad con
la belleza y sus excelentes dotes artísticas, su extraordinario
equilibrio psicológico, su hondura espiritual y su amor a la Iglesia”.
Añadió que más que nunca necesita España “de
hombres y mujeres confesantes, de fe honda y de una vida espiritual recia
y profunda que lleven, como Victoria, su compromiso cristiano al mundo
de la enseñanza, de la cultura y del arte, al mundo universitario,
al mundo de los partidos y de la acción política, de la
economía, de la acción sindical, al mundo del ocio y de
los Medios de comunicación social para orientar estas realidades
temporales según el corazón de Dios”.
Después del acto en la Catedral, Mons. Asenjo acudió a la
sede de la Institución en Córdoba, en la Plaza de la Concha
y oró ante los restos de la joven mártir. También
visitó los salones en los que se había expuesto una muestra
de las obras de arte de Victoria: pinturas, dibujos, bordados, y tapices
salidos de sus manos.
En un lateral del patio central de la casa, un cartel de la artista local
Marina Cano emulando un dibujo de Victoria, invitaba al público
a ver una muestra de 38 obras de 11 artistas, reunidas como homenaje a
la joven mártir.
Era ya tarde cuando se apagaron las voces en la Sede de la Plaza de la
Concha. En el hondón de la cripta, aún permanecían
personas en oración. Y sobre el libro de firmas de los peregrinos,
quedaban las peticiones y muestras de gratitud: uno de ellos puede resumirlos
todos:
“Gracias por este día tan lleno de emoción, de alegría
y de cariño de todos hacia todos”.
Fotos y texto, ARACELI CANTERO
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