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Los curas que conocemos. Los curas que queremos


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MADRID, España.

Esta semana en que celebramos en plena Pascua de Resurrección la ordenación sacerdotal y primera Misa de San Pedro Poveda, es un excelente recordatorio de lo que debemos a este “sacerdote de Jesucristo” que ofreció día a día y muerte a muerte, lo que se reclamaba – sobre todo en un tiempo de beaterios y anticlericalismo- del “alter Christus” por parte de los católicos españoles entre los que abundaban cierta rigidez, escasa apertura y poquísimo  diálogo.

Poveda, joven seminarista de Jaén y Guadix, estaba cautivado por dos  modos de vivir el sacerdocio: el P. Tarín, S.J. que unía sus ayunos, penitencias y pocas horas de sueño para misionar a los mineros y el Padre Manjón con sus Escuelas del Ave María en el pleno Sacromonte, para enseñar a los pequeños el abecedario, los huesos del cuerpo humano, la formación profesional… y hacerlo  con juegos, refranes, cuentos, cante y baile “jondo” (que para eso muchos eran gitanos). Dos tipos de curas distintos y que sin duda dejaron huella en el joven Poveda que, por otra parte, tenía una admiración muy nutrida por santos y  mártires -y si eran sacerdotes mejor-, que él también lo quería ser desde los 8 años.

Aludimos  a dos curas a los que trató porque la web nos ofrece un elenco de “curas que conozco” para hablar de ellos hay que saber más sobre quienes eran. Hay que conocerlos. Y la sorpresa mayor es tropezarse con un artículo no corto de nuestra buena  amiga Mercedes Muñoz Repiso – hace ya ocho años de su muerte – sobre “los curas que conocemos” entre los que se contaba –nos consta- Pedro Poveda a través de su legado. Los curas “de visu”, conocidos por Mercedes eran, afortunadamente, estupendos: alentadores de la fe de los laicos, cultos, preocupados por los pobres, sacrificados, con cierto sentido del humor; Curas que rezaban y para los que la Eucaristía era el gran acontecimiento de cada día pues de los que no eran tales, mejor no tenerlos en cuenta  y no dejaron huella. Eran – como dice –decía ella – curas “sin pena ni gloria” entre los cuales alude al capellán de su Facultad del que solo recuerda que “era guapo, alto y yugoslavo pero como estábamos acostumbrados a las misas en latín, aunque no se entendiera el castellano, daba igual”. No seguimos porque deberíamos citar todo el artículo. Valgan estas líneas como pequeño homenaje a su Memoria.

El Padre Poveda no cabe duda que tenía fama de ser un sacerdote culto, preocupado por la educación y la cultura, como testimonia la Institución Teresiana  creada por él en los difíciles años que le tocó vivir. Y también por los testimonios de los que le trataron. Entre ellos, un personaje menos conocido, uno de los maestros de  Gijón, Luis Huerta. Éste que en los últimos años de su vida guardaba la imagen de un sacerdote rubio, impecable, simpático, con una simpatía matizada de ironía suave; Un sacerdote que en sus palabras “vivía el problema educativo español a fondo, lector infatigable que estaba muy bien orientado.” Son los años en que escribió la mayor parte de sus publicaciones educativas y pedagógicas más importantes y en que fundó  la primera Academia para las chicas, hijas en su mayor parte de obreros de la Duro Felguera, que deseaban ser maestras. Porque empezó haciendo y no lamentándose (Testimonio del sacerdote Luciano García Jove, capellán de la primera Academia de Oviedo en sus años jóvenes).

Todos coinciden en que Poveda era un pulcro sacerdote. En eso se parecía a su madre, Doña Linarejos. Aunque también depende de años y momentos. Porque cuando trabajó en Guadix con su traje talar, sotana que recogía las preocupaciones de su sacerdocio, andaba con los chavalines de las cuevas para darles su merienda, enseñarles el catecismo, también a leer y escribir, y jugar con ellos a sabiendas que a los niños nos les preocupaba excesivamente la limpieza: sin alpargatas, con caras sucias y lamparones, con pelos alborotados… en tiempos en que no existía el DDT. No hay que pensar que no le tocara algo al padre Poveda como a los otros seminaristas que le acompañaban, había que pagar un precio.

Porque si nos preguntamos ¿qué curas queremos los laicos? Nos sale posiblemente -a estas alturas de 2017- unos curas que traten de saber en qué siglo se encuentran, “yo que tengo la cabeza y el corazón en el siglo presente” (Poveda, 14 de mayo de 1936), atentos a la realidad para partir de ella. Con los ojos abiertos al paro, al inmigrante, al refugiado, al toxicómano, a lo que se escribe y se dice, si vale la pena… en una palabra: un experto en el hombre del siglo XXI. Que sean nuestros hermanos mayores, no nuestros padres (Padre solo hay uno) y no nos consideren a los seglares gente de tropa, decía Carmen de Miguel, la expresidenta de Manos Unidas. ¿Quién sabe si Carmen no habría leído lo que Poveda decía a sus colaboradores?: “Todos hemos de cooperar. Aquí no hay uno solo y los demás son comparsa, sino que cada cual tiene su sitio, su deber, su responsabilidad” (Guion autógrafo. Poveda, 1920).

Dicen los que saben que, para hacer perenne toda religión y vivo su mensaje, cuenta con sacerdotes y cuenta con profetas. Sacerdotes como elemento de estabilidad, referencia, transmisión de lo perenne y garantía del flujo cotidiano sin demasiados sobresaltos. Los profetas, dicen también, son el riesgo y la lucha. El individualismo irrepetible que nace de la experiencia directa del contacto con la mano de Dios. Poveda participaba de ambas cosas. Estos son los sacerdotes que los laicos queremos y los que deseamos conocer.
       

Francisca Rosique, Cátedra Pedro Poveda de Historia de la Institución Teresiana

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