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Cien años de los primeros Estatutos: “La Obra ya no es mía, es de la Iglesia”, San Pedro Poveda

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ROMA, Italia. 
Prontos a celebrar, en los meses de julio y agosto, el centenario de la aprobación de los primeros Estatutos la Institución Teresiana en la diócesis de Jaén (España) y su inmediatamente posterior aprobación civil, presentamos una reseña histórica escrita por María Encarnación González. 

Aunque a veces se ha atribuido esta frase de san Pedro Poveda al momento de la aprobación pontificia de la Institución Teresiana en 1924, no es así; la dijo, y repetidamente, en Jaén en 1917, hace ahora cien años, al tomar forma institucional la Obra de las Academias iniciada por él en 1911. “La Obra ya no es mía, es de la Iglesia”, afirmó entonces, al ver aprobados sus primeros Estatutos.

Además de los escritos del fundador publicados en 1917, cuyo centenario hemos ido recordando, lo principal que conmemoramos es el nacimiento como tal de la Institución Teresiana. ¿Pero qué quiere decir esto? 

1. ¿De qué, en concreto, celebramos los cien años el 16 de julio y el 25, 26 y 28?

De tres importantísimos acontecimientos para la vida de la Obra: la aprobación por el obispo de la diócesis y por el gobernador civil de Jaén de los primeros Estatutos de la Institución Teresiana; las solemnes ceremonias de promulgación de esos Estatutos, y la incorporación a la Institución Teresiana, así constituida, de sus primeras asociadas.

La aprobación de los Estatutos 

Después de un detenido proceso de elaboración, en julio de 1917 subía don Pedro Poveda las escaleras del obispado de Jaén, muy contento, pero seguramente un poco nervioso, con un folletito en la mano buscando su aprobación. Estaba al frente de la diócesis como obispo administrador fray Plácido Ángel Rey Lemos, porque el obispo titular, don Juan Manuel Sanz y Saravia, anciano y enfermo, hacía unos meses se había retirado a Sevilla. Cuando fray Plácido tuvo el Estatuto en sus manos, seguramente se le escapó una sonrisa benévola, porque lo que decía no era nuevo para él. Su diminuta caligrafía aparece, junto a la más amplia de don Pedro, en los borradores del texto legal.

No tardó el obispo en dictar un decreto, con fecha 16 de julio de 1917, fiesta de la Virgen del Carmen, en el que se complacía en “calificar de providencial” a esta Obra nueva en la Iglesia y en aprobarla y recomendarla a los demás obispos españoles. Lo concluyó con estas palabras de la Escritura: Los que se consagran a educar a otros por la senda de la justicia brillarán como estrellas por toda la eternidad (Dan 12,3). 

Era lógico que el fundador de la Institución Teresiana solicitara en primer lugar la aprobación eclesial. Había estado esperando a que se promulgase el primer Código de Derecho Canónico, hecho que tuvo lugar el domingo de Pentecostés 27 de mayo de 1917, para ajustar los Estatutos de la Institución a la legislación de la Iglesia. Apenas llegó el texto del Código a sus manos, lo abriría ansiosamente para buscar lo referente a las asociaciones de fieles, pero le debió decepcionar bastante que en la Parte Tercera del Libro Segundo, dedicada a los fieles laicos, solamente hubiera dos cánones dedicados a ellos, el 682 y 683, y para decir que recibirán del clero los bienes espirituales y que no les estaba permitido vestir el hábito clerical. Cobraría cierto ánimo, sin embargo, al comprobar que era algo más explícito en el derecho de las asociaciones de fieles: podía haber Órdenes Terceras, Cofradías y Pías Uniones (cc. 684-724). 

Las Terceras Órdenes seculares reunían a los que vivían “en el siglo bajo la dirección de alguna Orden, y conforme al espíritu de la misma…” (c. 702); no era el caso. Las Cofradías se erigían “para el incremento del culto público” (c. 707, § 2); tampoco. Sin embargo, el Código ofrecía la forma jurídica de Pía Unión para las asociaciones de fieles que se proponían “ejercer alguna obra de piedad o de caridad” (c. 707, § 1). Y, ¿no lo era ¡y de qué modo!, la tarea y misión de educar? La amplitud de fines de las Pías Uniones atrajo la atención de don Pedro sobre esta forma canónica para la Institución Teresiana, elección de la que nunca dudó. Se fijó también en que el canon 689 decía: “Todas las asociaciones han de tener sus estatutos examinados y aprobados por la Sede Apostólica o por el Ordinario del lugar”, y otros cánones establecían la distinción entre las Asociaciones erigidas y aprobadas (cc. 684, 686, etc.), algo así como las actuales públicas y privadas. Los Estatutos de la Institución Teresiana, que la califican de Pía Unión de fieles laicos, fue el texto legal, según el recién promulgado Código de Derecho Canónico, que aprobó el obispo de Jaén.

Dado el carácter secular, o laical, de sus miembros, el fundador quiso que la Institución Teresiana tuviera también aprobación civil. La vigente Constitución de 1876 reconocía en el artículo 13 el derecho de todo español a asociarse para los fines de la vida humana, derecho concretado en la Ley General de Asociaciones de 30 de junio de 1887. Pero en un momento de fuertes tensiones entre la Iglesia y el Estado, este derecho estaba motivando enfrentamientos entre ambas autoridades no solo en España, sino también en Europa, pues los religiosos se oponían a inscribirse en los registros civiles para evitar la fiscalización de sus personas y de sus bienes. Aquí, la revisión del Concordato con la Santa Sede de 1851, por el que las órdenes y congregaciones religiosas estaban excluidas del control de las autoridades civiles, había provocado fuertes tensiones en 1902 y 1904, acentuadas en 1910 por la propuesta de una nueva Ley de Asociaciones que, polémicamente presentada y acogida, no llegó a tener viabilidad. Pero en el caso de la Institución Teresiana se trataba de una asociación de profesoras seglares, por lo que debía estar sometida a la legislación del Estado y así procedió el fundador. Más allá de otras consideraciones menores, es esta la prueba más evidente del carácter laical de la Obra. Solicitada por él, la aprobación civil de la “Institución Teresiana” y de sus Estatutos le fue concedida por el gobernador civil el 25 de agosto de 1917. Algo más tarde, en 1918, completó don Pedro el reconocimiento civil de los bienes económicos de las Academias constituyendo, también en Jaén, la “Fundación Institución Teresiana”. Quedaba así aprobada la Institución Teresiana en los ámbitos jurídicos a los que pertenecían sus miembros.

La promulgación de los Estatutos y la incorporación a la Institución Teresiana de sus primeras asociadas

Aprobado un texto legal, no entra en vigor hasta que se promulga o se determina la fecha de su vigencia. Los primeros Estatutos de la Institución Teresiana fueron solemnemente promulgados dos veces: una en Jaén, el 26 de agosto de 1917, y otra el Linares, dos días después, el 28. El día de en medio, el 27, se celebraba la fiesta de la Transverberación del corazón de Santa Teresa de Jesús.

El esperado acto de Jaén tuvo lugar a las 7 de la mañana, en la capilla del obispado. El momento central fue la celebración de la santa Misa por el obispo, el aludido fray Plácido Ángel, en la que, después de la primera lectura, se proclamó solemnemente el decreto de aprobación de la Institución Teresiana, quedando así constituida como tal y con capacidad de recibir los primeros miembros según los Estatutos recién aprobados. Lo usual para integrase en una Pía Unión era la imposición de una insignia y quedar inscrito en el Libro Registro de asociados.

Concluida la Eucaristía, apenas entrados en vigor los primeros Estatutos, tuvo lugar la imposición de insignias a las que habrían de ser primeras asociadas de la Institución Teresiana. Dado que los Estatutos preveían diversidad de miembros ―Teresianas y Cooperadoras― y que la primera clase constaba de tres pasos sucesivos ―aspirante, compromiso temporal y compromiso permanente― se había determinado antes el grado de vinculación a que podía acceder cada persona de acuerdo con los requisitos establecidos en la normativa, la experiencia y conocimiento de la Obra Teresiana y, desde luego la propia voluntad. Dos de ellas, Antonia López Arista y Mª Josefa Segovia Morón, previa la recepción de las insignias anteriores, accederían al máximo compromiso, la cadenilla; catorce al precedente, expresado por el crucifijo, y veinticinco recibirían la medalla con el corazón transverberado de Santa Teresa, unas como aspirantes y otras como cooperadoras de la Institución Teresiana.

“Recuerdo el altar como si tuviera delante una fotografía de él —decía Mª Josefa Segovia en 1949—. La figura del señor obispo, joven, más bien bajo, un poco grueso. A su izquierda, nuestro Padre, sin revestir, de sotana y manteo, y a su derecha don Sebastián Muriana, que leyó el decreto del señor Obispo aprobando la Obra”. 

Vamos a darnos el gusto de nombrar a las catorce primeras Teresianas, las primeras asociadas, las que dieron vida legal a esta Institución el día 26 de agosto de 1917: María Josefa Segovia, Isabel del Castillo, Eulalia García, Sofía Espejo, María Invernón, Carmen Prados, María García, Irene Rodríguez, Lourdes Cañizares, Francisca Caruana, Amalia González, Eugenia Marco, María Carbajo y Laura Luque.

En el ámbito de estos solemnes acontecimientos tuvo lugar lo que Mª Josefa recordaba con mucha emoción: “Nuestro Padre dijo después al Prelado: La Obra ya no es mía, es de la Iglesia. Y se arrodilló ante él para recibir su bendición”. En otras ocasiones, ella misma sitúa esta frase al comienzo del acto. Lo más probable es que el fundador la repitiera una y otra vez. 

Antonia López Arista, la primera colaboradora de don Pedro Poveda junto con Isabel del Castillo, de Linares, no había podido acudir a Jaén por razón familiar y tampoco Mariana Ruiz Vallecillo, la malagueña directora de la academia universitaria de Madrid. Por ello se decidió que Mª Josefa Segovia recibiera las primeras insignias con el grupo correspondiente en Jaén, como acabamos de ver, y que luego se desplazara a Linares, donde se repetiría el acto de promulgación de los Estatutos, para recibir la última, la definitiva, junto con Antonia López Arista. 

“El día 27 nos trasladamos a Linares ―explicaba Mª Josefa― y el 28 tomaban la medalla y crucifijo, también de manos del Prelado, Antonia López y Mariana Ruiz Vallecillo. Inmediatamente después tomábamos la cadenilla Antonia y yo”. Ambas, las primeras que se comprometieron de modo definitivo con la Institución Teresiana.

El Boletín Oficial del Obispado se refirió ampliamente a los actos de Jaén y Linares, en su “Crónica diocesana”; y el Boletín de las Academias Teresianas, dejó también detallada constancia de ellos con el artículo del canónigo don Sebastián Muriana: “Solemnidad religiosa con motivo de la aprobación canónica de la Institución Teresiana”, referido al acto de Jaén, y “Una Institución que nace”, de don Francisco Martínez Baeza, sobre el de Linares. Les dedicó, además, algunos artículos la prensa local, como Don Lope de Sosa. Crónica mensual de la provincia de Jaén, que dice así:

“El Administrador Apostólico R.P. Rey Lemos, conociendo la importancia social y docente de los Internados Teresianos y la gigantesca obra por su fundador el Padre Poveda realizada, se ha dignado conceder a los mismos su aprobación canónica en un documento admirable de fondo y de forma. El 26 tuvo lugar en el Palacio Episcopal la declaración de la aprobación canónica expresada con el nombre de “Pía Unión de Hijas de Santa Teresa”. Esta resolución del Prelado es justísima y con ella recibe el Padre Poveda la sanción plena de una obra de verdadero sacrificio, de grandes luchas, de amarguras sin cuento que Dios premia con su favor y las autoridades de la Iglesia reconocen, llevando así al alma del virtuoso sacerdote, los consuelos de la satisfacción de su gran obra”.

2. Estos son los hechos pero ¿cómo se llegó a esta “fecha imborrable y de gratísima memoria para cuantos aman la Obra Teresiana”?

Esta frase es de don Francisco Martínez Baeza, en el artículo del Boletín que acabamos de citar. 

Superada la experiencia de Guadix, no mucho después de llegar a Covadonga, hacia 1909 en el padre Poveda ya había tomado cuerpo el pensamiento de organizar una Institución, como queda bien expresado en el título de su primer folleto-convocatoria, de 1911, Ensayo de un Proyecto Pedagógico para la fundación de una “Institución Católica de Enseñanza”. Contó, pues, desde el principio, con la mediación institucional que había de ofrecer un ámbito de formación y coordinación al profesorado dispuesto a contribuir al cambio social desde la perspectiva evangélica, saliendo así al paso de las acusaciones de insolidaridad y poca preparación cultural frecuentemente lanzadas contra los católicos por quienes también pretendían, aunque con otros planteamientos, renovar a las personas y a la sociedad. 

Fundada en 1911 la primera Academia de Santa Teresa en Oviedo, en 1912 la segunda en Linares y en 1913 la tercera en Jaén, se habían ido sumando un buen número de profesoras y alumnas entusiasmadas por el proyecto que, en estas fechas, comenzó a llamarse “Obra Teresiana”, o también “Obra de las Academias de Santa Teresa de Jesús”. Pero esta Obra solo estaba aglutinada por el fundador y un interesante Boletín semanal editado en la Academia y Centro Pedagógico de Linares.

Inicialmente se trataba, pues, de un movimiento en torno a una persona y una idea; un proyecto que atrajo muchas buenas voluntades. Un “movimiento” es la agregación de personas en torno algo que se quiere conseguir, y puede ser transitorio, conseguido el objetivo, o desear prolongarse en el tiempo. Pero un “movimiento” puede ser también el paso transitorio de una convicción individual a una acción socialmente orgánica, compartida, que coordina a unas personas que van adquiriendo formación en orden a los objetivos perseguidos. Este es el caso de la Obra Teresiana. La idea del fundador va siendo compartida y tomando cuerpo en un número progresivo de personas.

En algunos casos, como los Movimientos eclesiales que conocemos, los fundadores junto con las personas que comparten el proyecto, desean quedarse ahí, en un movimiento, sin ir más allá en cuanto a la estructura, organización y gobierno. Pero no así el padre Poveda, que quiso desde el principio, incluso antes de que existiera el movimiento Obra Teresiana, organizar una Institución; es decir, dar forma estable al movimiento. Esto es lo que estamos celebrando cien años después: el momento en que el movimiento adquirió forma estable, se institucionalizó, naciendo jurídicamente la Institución Teresiana.

Este fundamental paso no se improvisó. En 1916 el movimiento contaba con “45 profesoras, unas 270 alumnas de Normal e Instituto [preparación para la universidad], 170 entre párvulos y niñas de 1ª enseñanza y más de 100 adultas [obreras, en clases nocturnas]”. Había una residencia para universitarias, siete academias para estudiantes de magisterio y once en proceso de fundación, de las que siete alcanzaron la realidad. Así las cosas, con el deseo de institucionalizar el movimiento, lo primero que hizo el fundador fue crear el “Consejo de la Obra Teresiana” de siete miembros representantes de las Academias, constituido en Madrid el 29 de junio de 1916. Enseguida peregrinaron a Ávila y Alba de Tormes, lugares de la vida y de la muerte y sepultura de Teresa de Jesús, para reconocer oficialmente la titularidad de la Santa sobre la naciente Institución. 

Durante el viaje de regreso a Jaén, según el testimonio de María Josefa, don Pedro comenzó a esbozar los primeros borradores de un esquema organizativo. Seguramente lo primero que escribió, con letras grandes y firmes, en la parte superior de la hoja, apoyada en la tambaleante mesa extensible del tren, fue la palabra Estatutos. “Nunca olvidaré cómo nos dispusimos a hacer los Estatutos”, decía después María Josefa, que le acompañaba en el viaje: “en la mesita del vagón. El Padre dictaba y yo con un lápiz iba escribiendo aquellas frases que me admiraron siempre […] ¡Qué orden! Sin faltar ni un detalle”. Pero don Pedro no siguió dictando. Llegaron a Jaén y guardó las cuartillas. ¿Por qué? La conocida proximidad de la publicación del primer Código de Derecho Canónico de la Iglesia le aconsejó esperar a que fuera promulgado para ajustar a él el texto legal, como acabamos de decir.

Que la proyectada Institución fuera una Obra de la Iglesia era un deseo que acompañó al fundador desde los mismos comienzos en 1911, pero se puso más de relieve con la cordialísima visita del nuncio apostólico en España, Monseñor Francesco Ragonesi, el 21 de enero de 1917, a la Academia universitaria de Madrid. No pudo ir don Pedro a recibirle: estaba enfermo, pero se hizo presente con un amplio, entusiasta y fervoroso telegrama en el que no dudaba en calificar este día como la “fecha más trascendental y venturosa” para esa Casa, “en la que está representada toda nuestra modestísima Institución”. Es significativo que empiece a usar esta palabra.  “Sorpresa muy grata me ha causado el recibimiento que acabáis de tributarme”, dijo Mons. Ragonesi, y ofreció su “decidido apoyo para cuanto pueda serles favorable”. La prensa nacional difundió no sólo la noticia sino la crónica de este acto, y un número extraordinario del Boletín de las Academias Teresianas, con la fotografía a toda página de Mons. Ragonesi en portada, se dedicó enteramente a él.

Se captó pronto la trascendencia de este acontecimiento. Así lo testimonian las numerosas cartas de felicitación recibidas por el fundador, como la que enseguida le dirigió desde Sevilla don Juan Manuel Sanz y Saravia, siempre cercano a Poveda.

Don Plácido Ángel Rey Lemos, el obispo que le sucedió, franciscano, notable teólogo y canonista, buen conocedor de la realidad eclesial por sus elevados cargos en la Orden y por su permanencia en Roma como consultor de algunas Congregaciones, conoció pronto la naciente Institución Teresiana. Unos días antes de llegar a Jaén, contactó en Madrid con Mons. Solari, auditor de la Rota, que había acompañado al nuncio en su visita a aquella Academia, donde también se acercó fray Plácido. Ya de viaje hacia Jaén, las de la Academia de Linares salieron a saludarle a Martos, y llegado a la diócesis no le faltarían las informaciones de don Juan Manuel, que siempre apoyó la Obra de Poveda. Visitó enseguida esta Academia y ¿cómo no pensar que mantendría frecuentes conversaciones con don Pedro? Con todo ello comprendió pronto el espíritu y misión de esta Obra, mostrando enseguida aprecio e interés. Reconocido teólogo y canonista como era, no tardó el fundador en interesarle en la elaboración de los Estatutos de la Institución Teresiana, a lo que gustosamente accedió, como lo prueban algunos borradores manuscritos con su minúscula e inconfundible caligrafía. Sin duda fue sugerencia suya esperar a la publicación del Código de Derecho Canónico para ajustar a él la normativa de la naciente Institución. También, seguramente aconsejado por fray Plácido, el padre Poveda tomó una precaución, claramente expresada en la brevísima Introducción del texto legislativo:

“Habiéndose extendido considerablemente la Obra Teresiana y adquirido cierto nombre […] se procedió a la formación de los siguientes Estatutos, que por vía de ensayo, y sin perjuicio de ser anotados, corregidos y modificados por la autoridad competente, serán la pauta a que ha de sujetarse la familia Teresiana desde la fecha de aprobación de los mismos”.

“Por vía de ensayo”; una medida de prudencia habitual al redactar un primer documento normativo, importantísimo por ser el constituyente de la Institución, pero, como era previsible, la realidad y, sobre todo, la voluntad del fundador no tardó en modificar. De hecho, la palabra “estable”, o “definitiva”, referida a la estructura de la Institución Teresiana no comenzó a utilizarla hasta 1919 y, con contundencia, desde 1922, cuando preparaba la solicitud de aprobación pontificia y los Estatutos que consideró definitivos e “intangibles” para la Institución.

3. Trascendencia de los actos de julio-agosto de 1917

La aprobación estos primeros Estatutos de la Institución Teresiana y la vinculación de sus primeros miembros constituye, pues, el nacimiento jurídico de la Institución Teresiana, hecho de trascendental importancia para la vida de la misma que, como hemos visto, motivo la expresión del fundador, con profundo convencimiento: “la Obra ya no es mía, es de la Iglesia”, porque en ella, y según su normativa, había sido constituida. Pero, aunque ajustada al primer Código de la Iglesia, esta Pía Unión nacía con evidente novedad: su estructura compleja y su concreta finalidad estaban articuladas la una y la otra de un modo absolutamente original. 

Los proyectos de don Pedro se habían movido siempre en el campo del profesorado católico de la escuela pública, porque lamentaba que “no nos preocupamos gran cosa de la preparación del profesorado seglar…”, lo que le motivó a arbitrar medios para su formación y coordinación. Con este fin, la Obra Teresiana se había ido constituyendo con mujeres profesionales de la enseñanza, la mayoría muy jóvenes, a las que don Pedro les propuso pronto un exigente programa de virtud y ciencia, de piedad y cultura, de formación cristiana y actualizada preparación profesional. 

Eran los tiempos en que, desde finales del siglo XIX, estaba surgiendo la que pronto se llamó “Escuela Nueva”, que nació con aire polémico, por haber tenido lugar sus primeras realizaciones en Europa y América con planteamientos exclusivamente metodológicos, descuidando los fines de la educación. Las Academias de Santa Teresa apostaron decididamente por la pedagogía científica en que se sustentaba la Escuela nueva poniendo en práctica sus puntos programáticos, pero priorizando, sin embargo, la educación integral de la persona. Así, a vez que decididamente apoyaban la renovación pedagógica, en estas Academias quedaba demostrado con los hechos que “la ciencia hermana bien con la santidad de vida”, como más tarde afirmaría su fundador. 

Es más. Hemos dicho que del medio centenar de profesoras implicadas en la Obra Teresiana en 1917, el 28 de agosto dos de ellas se comprometieron de por vida con la Institución Teresiana; dos días antes, 14 lo había hecho temporalmente y 25 se habían inscrito bien como aspirantes a Teresianas o como Cooperadoras, pero informadas todas ellas por un mismo espíritu y unidas en la misma misión. Nacía así una Institución de estructura compleja, con un núcleo de Teresianas completamente dedicadas a esta Obra en entrega total a Jesucristo, y unas Cooperadoras que muy poco después habían de diversificarse en distintas asociaciones. Como si presintiera la afirmación del concilio Vaticano II de que todos, incluso los laicos, estamos llamados a la santidad, el fundador, ya en 1915 les había lanzado esta afirmación, que todas conocían muy bien:

“La Encarnación, bien entendida; la persona de Cristo, su naturaleza y su vida, dan, para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo, con la santidad más verdadera, siendo al mismo tiempo humano con el humanismo verdad. Siendo así, seremos generosos y nuestra obra será simpática. ¿Modelo? Santa Teresa de Jesús”.

Estaba abriendo así un camino nuevo en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo, porque no se trataba solo de una aspiración individual a la santidad ―santos laicos los ha habido a lo largo de toda la historia― sino de un objetivo institucional, corporativo, sin que el aspirar a la más exigente vida evangélica supusiera asumir el estado de vida religioso. Los obispos de Jaén, don Juan Manuel y fray Plácido lo comprendieron muy bien y bendijeron y aprobaron esta Obra nueva en la Iglesia, hecho cuya trascendencia se fue poniendo de manifiesto después. 

En el decreto de aprobación, de 16 de julio de 1917, decía Fray Plácido:

“Y como Prelado de la Diócesis donde la obra tuvo su origen ―origen canónico, se entiende― y tiene su centro primario, nos permitimos recomendarla a la benevolencia y protección de nuestros Venerables Hermanos los Obispos españoles en cuyas Diócesis existen, o en lo sucesivo se funden Casa de la misma que por derecho están sometidas a la jurisdicción del respectivo Ordinario”.

Cuando en octubre de 1923, solo seis años después de los acontecimientos que estamos conmemorando, María Josefa Segovia, Isabel del Castillo y Eulalia García presentaron la Institución Teresiana al papa Pío XI, estaban respaldadas por las cartas testimoniales de tres Cardenales: Reig, de Toledo; Benlloch, de Burgos y Vidal i Barraquer, de Tarragona, y de 13 Obispos: los de Madrid-Alcalá, Oviedo, Jaén, Málaga, León, Barcelona, Teruel, Ávila, Vitoria, Córdoba, Lugo, Orihuela y Calahorra. Y como la Institución Teresiana tenía también carácter civil y sus bienes estaban acogidos a una Fundación, también escribió su carta al papa la Reina María Cristina. Un total de 17 muestras de afecto y cordialidad hacia una Obra que conocían bien, que avalaban decididamente y que no dudaron en presentar al Santo Padre solicitando su aprobación, como, en efecto, otorgó por medio de un Breve pontificio el 11 de enero de 1924.

No habían pasado ni siquiera siete años de los actos cuyo Centenario celebramos ahora. ¿Tuvo trascendencia la constitución canónica y civil de la Institución Teresiana en la diócesis y provincia de Jaén? La historia lo ha confirmado después.

María Encarnación González Rodríguez

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