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El ara del altar de san Pedro Poveda en Santa María de Los Negrales

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MADRID, Los Negrales. 
Cuando se pudo entrar en el que había sido domicilio de don Pedro Poveda en la calle de la Alameda, 7 (bis) de Madrid, sabemos que su oratorio privado fue encontrado intacto. No así el resto de su apartamento ni del edificio. Allí, en el oratorio, estaba el altar con el misal abierto por la que había sido su última misa; allí el gran Crucifijo y la Virgen Dolorosa a los que sin duda dirigió su última mirada antes de encontrarse con quienes le condujeron al martirio. Y allí el altar, sobre el que desde 1923 había consagrado el Cuerpo y la Sangre del Señor.

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Cuando la mesa del altar era de madera, como en ese caso, solía tener colocada en el centro una pequeña losa de mármol que tenía incrustado lo que se llama “el sepulcro”; un hueco en el que se colocaban algunas reliquias, preferentemente de mártires, signo de la comunión con la iglesia celeste -con los santos- que gozan ya de la bienaventuranza de Dios. Sobre el ara se realiza el ofertorio y la consagración, núcleo de la celebración eucarística.

0723-3Cuidadosamente recogida y conservada el ara del altar del Padre Poveda, lo mismo que los otros objetos de su oratorio, en 1965, cuando la Casa de Santa María se trasladó a Poggio Mirteto (Rieti, Italia), se colocó esta ara en el altar de la capilla, para que se continuara celebrando la Eucaristía sobre la misma ara en que la celebró san Pedro Poveda en sus años de Madrid hasta el final; hasta su última misa en la mañana del 27 de julio de 1936.

¿Por qué no seguir celebrando hoy la Eucaristía sobre el ara del oratorio del que se definió a sí mismo como sacerdote de Jesucristo?

0723-4Acabamos de colocar esta preciada reliquia en el altar de la capilla de Las Torres de la Casa de Espiritualidad de Santa María de Los Negrales (Madrid), y en la tarde de 27 de julio de este año 2017, año centenario de la primera aprobación eclesial de la Institución Teresiana, recordando la última misa de su fundador, celebraremos también una Eucaristía que será, como todas, memorial de la pasión y muerte del Señor, pero en esta fecha tan significada haremos memoria también de la pasión y muerte del que asumió el martirio como “consecuencia legítima” de ser discípulo del Señor.

En adelante, los sacerdotes que, junto con los fieles, celebren ahí la Eucaristía, sabrán que lo están haciendo sobre la misma ara en que durante muchos años la celebró un santo. Un santo que hizo centro de su vida el misterio eucarístico, hasta el final; hasta su última misa en la mañana del 27 de julio de 1936.

En la capilla de Santa María, su cuerpo martirizado es ara y reliquia; en esta otra, en la capilla grande, con el ara de su altar desde ahora estará más presente la memoria de sus misas. Esas misas que comenzaron como un juego de niño con las casullitas y ornamentos que le hicieron sus tías -signo de su temprana vocación al sacerdocio- misas que se convirtieron en el centro de su pensar, de su querer, de su vivir y de toda su actividad. Esa Misa, esa Eucaristía final en la que sin duda presentó al Señor, junto con el pan y con el vino, la ofrenda de su propio ser. 

 

María Encarnación González

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