Miércoles, 30 Octubre 2013 17:33

Rostro del Dios que ama incondicionalmente

1030-1MADRID, España.
En la Revista Vida Nueva del pasado 18 de octubre, Loreto Ballester, quien fuera directora de la Institución Teresiana desde el año 2000 hasta el 2012, escribió una carta al papa Francisco, en el marco de la iniciativa de dicha revista que propone a diversas personas escribir una carta pública al Papa.

Por Loreto Ballester, Científica, directora de la Institución Teresiana (2000-2012)

Muy querido papa Francisco:

Sé que a tus buzones llegan cada día millares de cartas que te escribimos con la comunicación del corazón. También yo te he escrito algunas de esas cartas y hoy acepto esta invitación como una posibilidad de expresarte deseos y experiencias compartidas con otros.

Percibo al Dios padre y madre en el eco de tu palabra y de tus gestos, fruto de la escucha cercana de la vida humana y de la comunicación con el Dios amigo que te guía. Palabra y gestos que confirman, que motivan y también denuncian.…”.

La primera carta sin alfabeto te la escribí en un pequeño bar de una zona popular de Madrid al que entré cuando me comunicaron por móvil que había fumata blanca en el Vaticano. La mujer que lo regenta, curtida por la vida, al oír tu nombre –después de acoger tu gesto y tu palabra, tu inclinación ante el mundo– dijo que no sabía nada de ti, pero que te pedía que te acordaras de los pobres. Su palabra tuvo eco en quienes tomaban una cerveza y nos unimos en el deseo y en la petición.

Pasado un tiempo, y después de palabras y de gestos tuyos tan claros en este sentido, podría parecer solo una anécdota, de muy poco valor. Pero no es así, porque en esos gestos tuyos podemos rastrear señales de Dios para nuestro tiempo.

Tengo la convicción, corroborada con muchos hechos, de que nuestro Dios es un gran pedagogo. Su pedagogía, asombrosamente creativa, no se detiene ante la dificultad, no se impone, genera libertad y adhesión del corazón. Brota del amor incondicional que nos tiene, de lo bien que nos conoce, de su sabiduría y de su experiencia humana. Él siembra la buena nueva como pequeña semilla que tiene que crecer en medio de la dificultad, en cada persona, en los grupos humanos y en la sociedad en su dimensión estructural.

Así lo he vivido, especialmente en estos doce años últimos de servicio en esta pequeña familia cristiana que es la Institución Teresiana. En ella, seglares llamados a seguir la inspiración recibida por san Pedro Poveda queremos encarnar lo que de él expresa Juan Pablo II en la bula de canonización: “Sacerdote prudente y audaz, abierto al diálogo, adornado de sólidas virtudes y de heroica caridad, alimentó la fe de muchos (…), maestro de educación y de oración, pedagogo de la vida cristiana y de las relaciones entre la fe y la ciencia, trabajó estudiosamente a favor de la justicia social y de la solidaridad humana”.

Tenemos signos claros de la fecundidad del seguimiento de Cristo, de su capacidad de fascinar a los jóvenes, rostro luminoso de la Iglesia.

He sentido intensamente el dolor y la esperanza en rostros y en tierras concretos; he podido conocer de cerca la bondad del corazón humano, el valor de lo pequeño, la fuerza subversiva del amor y, también, la pequeñez, la estrechez de miras, la perversión del egoísmo y del autocentramiento.

En esta clave del Dios padre y madre, que ama entrañablemente y educa a su pueblo, leo este momento en el que se te confía un encargo tan singular. Lo percibo en la impredecible conjunción de hechos impensables. Un querido papa, Benedicto XVI, que nos acerca de modo admirable el misterio de Dios y del mundo, comprometido con la verdad, que, después del diálogo profundo con su Dios, expresa ante su pueblo que ha llegado el momento de concluir el servicio asumido, y un papa Francisco que no estaba en las previsiones circulantes.

Percibo al Dios padre y madre en el eco de tu palabra y de tus gestos, fruto de la escucha cercana de la vida humana y de la comunicación con el Dios amigo que te guía. Palabra y gestos que confirman, que motivan y también denuncian.

Nuestros desastres e inconsistencias ante el Evangelio son oportunidad para desenmascarar lo que en cada uno de nosotros y en nuestras instituciones entristece a nuestro Dios y daña la vida, para ser humildes, agradecidos y capaces de perdonar.

Al mismo tiempo, soy testigo del bien que brota en el corazón de las personas, en el interior de las organizaciones, en lugares recónditos del mundo y en las grandes megápolis, donde hay grupos humanos olvidados, que no cuentan porque no interesan. Tenemos signos claros de la fecundidad del seguimiento de Cristo, de su capacidad de fascinar a los jóvenes, rostro luminoso de la Iglesia.

Las periferias, nuestro lugar

Sé que expreso el sentir de muchas personas al agradecerte la llamada a un modo de entender y a un modo de comprometernos con y en las periferias. Cuando el día de tu elección escuché la palabra de la mujer del bar, se agolparon en mi corazón las pobrezas de las villas de Buenos Aires que he conocido, de las favelas de Río de Janeiro, que has visitado recientemente con los jóvenes.

Recordé el dolor de aquellos a los que la sociedad ha llevado casi necesariamente a la marginación, el de los niños de la guerra y el de las niñas y mujeres violadas en África, de las que he escuchado su drama. También recordé la pobreza del vacío existencial de los adolescentes y jóvenes que en países con abundancia de recursos se sumergen en la droga o sucumben a otras formas de suicidio real.

Te agradezco que nos urjas a entrar en las fronteras y a acoger las preguntas difíciles
del desarrollo de la ciencia y del conocimiento humano en todas sus facetas.
Te agradezco que nos impulses a sentirnos felices por el regalo de nuestra fe y a que la comuniquemos.

Te agradezco que nos urjas a entrar en las fronteras y a acoger las preguntas difíciles del desarrollo de la ciencia y del conocimiento humano en todas sus facetas, de la vulnerabilidad de la persona, de la gobernabilidad de los países y de las relaciones internacionales, de la economía, de la búsqueda con todas las religiones de una espiritualidad para este siglo. Te agradezco que nos impulses a sentirnos felices por el regalo de nuestra fe y a que la comuniquemos.

Te pido que, en una Iglesia comunión, crezcamos en la aportación específica de los laicos y de la mujer, y que nuestra Iglesia, en sus distintas expresiones -la parroquia y las organizaciones cristianas donde se inserta la cotidianidad, las diócesis, la Curia romana-, sea espacio abierto, donde acoger el dolor humano y crear nuevas condiciones de vida.

Quiero terminar esta carta con la tríada Resistir-Celebrar-Generar esperanza, una tríada que comporta experiencia de la dificultad, de plenitud y de generatividad. La he recibido en América de un movimiento de educadores que, bajo el lema Educar en tiempos difíciles, se compromete a empoderar, a unir energías, para que la función social de la educación sea operativa en nuestro tiempo y haga más comprensible a las mujeres y a los hombres de hoy que la persona de Cristo, su naturaleza y su vida, nos desvela qué es la vida humana y cómo desplegarla.

Concluyo agradeciéndote que hayas acogido de corazón el servicio que te hemos pedido y que lo hagas con el estilo del Dios que ama incondicionalmente y nos educa.

 Publicada el nº 2.867 de la revista Vida Nueva

 

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