Lunes, 31 Diciembre 2012 15:57

Búsqueda de justicia como imperativo en el año de la Fe: Eje del Mensaje de la Directora de la Institución Teresiana

Maite UribeROMA, Italia
Maite Uribe, directora de la Institución Teresiana, en el mensaje enviado a los miembros de la asociación, invita a empezar el nuevo año desde la actitud de María, expresada en el Magníficat: “Aprender de María a proclamar que el Dios que realiza obras grandes en ella es el Dios fiel que se compromete día a día, año a año, con cada persona y con cada generación, el Dios misericordioso que enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos, el Dios de la ternura y de la fidelidad que entra en la historia para abrir caminos a la paz y a la justicia”.

La directora de la Institución Teresiana afirma que, “una Obra llamada a encarnarse en un mundo diverso y plural en el que los problemas, los desafíos y los retos alcanzan dimensiones planetarias, necesita amplitud de miras, visión abierta, capacidad de discernimiento para denunciar, desde la fuerza del carisma recibido, lo que va en contra de la dignidad de la persona y abrir así nuevos espacios de humanización y de realización del Reino”.

“La búsqueda de justicia en todas las situaciones ha de ser este año para nosotros un imperativo. Ha de reflejarse en las relaciones personales, en el ejercicio profesional, en las relaciones familiares y sociales y en las más variadas formas de denuncia y lucha contra la pobreza y la exclusión”. En la última Asamblea General de la Institución Teresiana, celebrada en agosto de 2012, se hizo una llamada a, en el año de la Fe, “practicar la justicia”.

Este reto surge como “respuesta evangélica a la situación mundial globalizada e interdependiente, generadora, en muchos casos de situaciones de injustica, se juega sobre todo en lo cotidiano de la vida. Es en la sencillez del día a día, en las acciones concretas, donde se encarnan las opciones y se hacen posibles nuevos ideales y sueños proféticos”.  Es una urgencia asumida en línea de coherencia con el compromiso ético y social de san Pedro Poveda: “Yo que tengo la cabeza y el corazón en el momento presente (…) Necesito decir a todos los que no ven esto: sabed lo que ocurre”.

Al mismo tiempo, Maite Uribe, recuerda con San Agustín que “donde no hay caridad no puede haber justicia. Es decir el signo de identidad de todas las acciones que podamos hacer al servicio de la justicia es el amor”. E invita a vivir las bienaventuranzas evangélicas como una apuesta ética en el contexto cultural actual: “Muchas veces hemos oído que las bienaventuranzas son el corazón de la ética cristiana. No porque sean normas o leyes, sino porque expresan un estilo de vida, basado en la libertad y el amor, el estilo de vida que vivió y anunció Jesús, un estilo que cuestionaba y no dejaba indiferente: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publícanos y los pecadores? (Mt 9,11)”.

“Estimar la justicia tanto como la vida lleva inevitablemente a asumir en la práctica conflictos y contradicciones y esto exige lucidez, capacidad crítica para detectar mecanismos de injusticia y toma de postura desde criterios evangélicos. Es el precio que pagó Jesús y que le llevó a entregar su vida: Mi vida nadie la toma, soy yo quien la da (Juan 10, 18)”.

“Feliz Tú porque has creído”

Párrafos centrales del mensaje de Maite Uribe, directora de la Institución Teresiana, para el año 2013.

¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!
¡Ha hecho en mí grandes obras!
¡Ha enaltecido a los humildes
y ha colmado de bienes a los hambrientos!

Vamos a empezar un nuevo año que para nosotros, como creyentes, es una invitación a creer y proclamar como María, que Dios va a realizar durante él obras grandes, porque su misericordia se transmite de año en año, de generación en generación, cumpliendo así la promesa hecha a nuestros padres.

Esta actitud de María, proclamada en el Magníficat, es la que quisiera que nos acompañara a lo largo del año 2013. Aprender de María a proclamar que el Dios que realiza obras grandes en ella es el Dios fiel que se compromete día a día, año a año, con cada persona y con cada generación, el Dios misericordioso que enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos, el Dios de la ternura y de la fidelidad que entra en la historia para abrir caminos a la paz y a la justicia.

Cuando Pedro Poveda buscó en los inicios de la Institución Teresiana inspiración, fuerza y confianza, volvió los ojos a María y, en Covadonga, le confió la Obra que por su pequeñez necesitaba ayuda, fortaleza y consuelo, todo lo que puede dar una mirada materna.

Nosotros, en estos inicios del segundo centenario, también queremos volver los ojos a María, la madre de Jesús, la mujer sencilla y humilde de Nazaret, la mujer creyente en quien la mirada de Dios encontró gracia, acogida y disponibilidad para que su Palabra se hiciera en ella carne, vida  y esperanza.

Como Institución Teresiana, están vivos en nosotros los ecos del primer centenario y como pueblo peregrino que inicia su segundo centenario, queremos dejarnos renovar por la misma experiencia que vivió Pedro Poveda en Covadonga: Ante la imagen de la Santina se oró, se proyectó, se vio, por decirlo así, el desarrollo de la Obra1.

Una Obra llamada a encarnarse en un mundo diverso y plural en el que los problemas, los desafíos y los retos alcanzan dimensiones planetarias, necesita amplitud de miras, visión abierta, capacidad de discernimiento para denunciar, desde la fuerza del carisma recibido, lo que va en contra de la dignidad de la persona y abrir así nuevos espacios de humanización y de realización del Reino.

Apoyados en la fe de María y en el canto del Magnificat queremos acoger la invitación que nos ha dejado la XVII Asamblea General de profundizar y vivir una llamada fuerte a la justicia, convencidos de que las obras son las que dan testimonio de lo que somos2. Este será nuestro empeño común a lo largo del próximo año.

Para ello nos vamos a dejar interpelar por la voz de un profeta, Miqueas, y con él intuir lo que Dios espera de nosotros en este año de la justicia, situado, como no podía ser de otra manera, en el Año de la Fe que convoca a la Iglesia entera. En la época de Miqueas, Jerusalén es una ciudad en la que dominan las injusticas sociales, injusticias que agrandan escandalosamente las diferencias entre los más favorecidos y los menos favorecidos, ciudad en la que las falsas seguridades religiosas muestran una religiosidad que es simple apariencia.

Miqueas alza su voz con valentía y coraje contra esta situación, en algunos aspectos semejante a la nuestra, y proclama:

Se te ha indicado lo que exige de ti el Señor, nada más que practicar la justicia, amar la misericordia, y caminar humildemente con tu Dios... (Miq 6,8)

Practicar la justicia: Estima la justicia tanto como la vida3

En un momento de la historia en el que la complejidad de las situaciones sociales y económicas ponen en peligro la dignidad de cada persona y el valor de la vida, esta invitación de Pedro Poveda se nos hace urgente, se convierte en una invitación programática que necesita de nuestra parte una respuesta valiente, decidida y encarnada.

El Consejo de Cultura en su último informe nos abre los ojos ante la realidad mundial de nuestro presente. Realidad que requiere “una intervención audaz y profética”4.

Todo el arco de las últimas Asambleas Generales ha ido señalando esta misma urgencia y nos ha ido abriendo los ojos a una mejor comprensión de nuestra propia espiritualidad de encarnación en la interrelación fe-culturas-justicia, no concebida de forma lineal sino dinámica, no queriendo proponer una postura excluyente sino integradora.

La respuesta evangélica a la situación mundial globalizada e interdependiente, generadora, en muchos casos de situaciones de injustica, se juega sobre todo en lo cotidiano de la vida. Es en la sencillez del día a día, en las acciones concretas, donde se encarnan las opciones y se hacen posibles nuevos ideales y sueños proféticos.  Yo que tengo la cabeza y el corazón en el momento presente (…) Necesito decir a todos los que no ven esto: sabed lo que ocurre5.
La búsqueda de justicia en todas las situaciones ha de ser este año para nosotros un imperativo. Ha de reflejarse en las relaciones personales, en el ejercicio profesional, en las relaciones familiares y sociales y en las más variadas formas de denuncia y lucha contra la pobreza y la exclusión6.

Muchas veces hemos oído que las bienaventuranzas son el corazón de la ética cristiana. No porque sean normas o leyes, sino porque expresan un estilo de vida, basado en la libertad y el amor, el estilo de vida que vivió y anunció Jesús, un estilo que cuestionaba y no dejaba indiferente: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publícanos y los pecadores? (Mt 9,11).

Estimar la justicia tanto como la vida significa vivir desde las bienaventuranzas el desafío del amor, de la justicia y de la paz: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia (Mt 5,6) Es revelador que para Jesús son felices no los vencedores sino los perseguidos, no los potentes ni los poderosos sino los pobres y los hambrientos, no los conformistas sino los maltratados.

Estimar la justicia tanto como la vida quiere ser una invitación a mirar el mundo con los ojos de la fe y desde las posibilidades que nos ofrece para avanzar en una globalización alternativa, para crear redes con otros, para construir desde la pluralidad, para salvaguardar la tierra que vivimos, para promover experiencias de solidaridad, de justicia y de paz. Esto puede llevarnos a preguntarnos con otros ¿Qué desarrollo buscamos? ¿Cuál es el desarrollo posible, el desarrollo justo, bueno y verdadero, que respeta los recursos limitados de nuestro planeta, los cuida y los distribuye con equidad?

Estimar la justicia tanto como la vida es comprometernos a poner la tierra al servicio de todos los seres humanos: a cuidarla, a respetarla, a darle futuro para que sea la casa de todos. Esto nos pide estar atentos al poder destructivo de la crisis actual que lleva consigo entre otras cosas especulación del suelo, dificultades para la vivienda de las familias más jóvenes, cifras insostenibles de paro, distancias familiares impuestas por el trabajo, la casi obligación de emigrar buscando cobijo en otras tierras.

Estimar la justicia tanto como la vida lleva inevitablemente a asumir en la práctica conflictos y contradicciones y esto exige lucidez, capacidad crítica para detectar mecanismos de injusticia y toma de postura desde criterios evangélicos. Es el precio que pagó Jesús y que le llevó a entregar su vida: Mi vida nadie la toma, soy yo quien la da (Juan 10, 18).

La XVI Asamblea General reafirmó la importancia de intervenir en las realidades de debilidad, exclusión y marginación, poniendo al servicio de la sociedad “nuestra mejor preparación académica, de pensamiento, de reflexión, etc., porque creemos firmemente en el carácter sanador del diálogo fe-ciencia”7. En la escuela de Poveda, a una fe viva que engendra caridad se une una ciencia exquisita, que se nutre del estudio y del análisis crítico de los mecanismos de muerte que amenazan a millones de seres humanos, se ofrece como compromiso para colaborar en los procesos de transformación social y cultural. El diálogo fe-ciencia pide de nosotros que seamos personas creyentes que nos atrevamos a entrar con honestidad y competencia en los foros de diálogo social y de creación de pensamiento.

Estimar la justicia tanto como la vida significa prestar también una atención particular a una expresión fundamental de nuestro carisma: la educación y la formación, elementos clave en la transformación de la sociedad. Es urgente formar personas comprometidas con la justicia, la solidaridad, los derechos humanos y la paz. Sabiendo que este proceso educativo se da en la cotidianidad de nuestras vidas: en la familia y en el trabajo, en el ocio y en el tiempo libre, en el aula y en la vida profesional, en las relaciones interpersonales y en las actividades grupales, en la juventud y en la edad madura, en las experiencias generacionales e inter-generacionales, es decir siempre que tengamos ocasión de aprender, de reflexionar, de estudiar. En clave de justicia, sabemos que lo que tenemos nos ha sido dado, que es de Dios y es para todos ¿tendremos riqueza –espacios, saberes, cualidades…- almacenada y no puesta aún al servicio de un mundo que necesita tan urgentemente de esos bienes?

Estimar la justicia tanto como la vida es también acoger la llamada de Pedro Poveda en 1920 a vivir una fe coherente, seria, viva, valiente que da como fruto las virtudes, entre ellas, la justicia: Hay muchas maneras de creer pero una sola es la que justifica (…) Creer bien y enmudecer no es posible (…) Mi creencia, mi fe no es vacilante, es firme, inquebrantable, y por eso hablo8.

Pedro Poveda no solo perfila actitudes sino que también recuerda exigencias inexcusables. Confesar la fe que se profesa y manifestar la coherencia de la propia vida con esa misma fe hasta derramar la sangre por Cristo, si es preciso, como los primeros cristianos, es para Poveda la condición de los verdaderos creyentes: Los verdaderos creyentes hablan para confesar la verdad que profesan; cuando deben, como deben, ante quienes deben y para decir lo que deben9.

¿Qué gestos concretos expresarán nuestro compromiso con la justicia en el año 2013?

Una Obra internacional, presente en más de treinta países y encarnada a través de múltiples lenguas y culturas, necesita gestos diversos, oportunamente adecuados a la realidad a la que se dirigen. Por ello nos proponemos una búsqueda y un discernimiento en cada realidad local para encontrar y expresar a lo largo de este próximo año la respuesta a este empeño común. Nos pedimos subrayar con especial interés formas y maneras de vivir y comprometerse con la justicia en las responsabilidades profesionales y familiares.

También en la tradición de nuestra Institución tenemos expresiones asociativas que necesitarán actualización, pero que pueden ser hoy día válidas en su sentido más profundo: los proyectos sociales, los espacios de reflexión y estudio, las jornadas de la solidaridad, el voluntariado internacional y local, las ONGs, foros y círculos de estudio sobre la paz, la solidaridad, los derechos humanos, etc. Seamos creativos, comprometidos y audaces.

Nos invitamos a hacerlo desde las actitudes que proponíamos en el mensaje de Adviento de acoger nuestra realidad, para mirarla con ojos nuevos, desde la mirada de Dios, y darle las respuestas valientes y adecuadas al aquí y al ahora: Acojamos nuestra realidad con la confianza del que sabe que el Dios creador de vida la trabaja con ternura y paciencia, compasión y misericordia. A nosotros, como instrumentos, se nos invita a sazonar, consolar, sanar, acompañar10.

En esta búsqueda y en este discernimiento escuchemos muy especialmente a las generaciones más jóvenes. Como decía Pedro Poveda: Todos vamos al mismo fin, pero el recorrido se hace de manera distinta, según la edad y condición de cada uno. Y afirma en el mismo texto: ¿Quiénes son los más valientes, intrépidos, temerarios, arriesgados? Los jóvenes. ¿Quiénes son los que tiene ideales, los que se olvidan de si, los que encienden el fuego? Los jóvenes11. El compromiso con la justicia es para todas las generaciones, porque todos debemos sentirnos implicados en ello, pero dejemos que las generaciones más jóvenes nos abran caminos, nos empujen, nos lleven, con su entusiasmo y su creatividad, a lugares nuevos y diferentes donde podamos todos juntos dar nuevas respuestas a la sed de justicia de nuestros contemporáneos.

Muchas iniciativas están a nuestro alcance: desarrollar redes de ayuda; favorecer una economía solidaria; acoger a los inmigrantes; viajar para comprender desde dentro otras culturas y otras situaciones humanas; promover hermanamientos entre ciudades, pueblos y culturas; favorecer la comunicación haciendo buen uso de las nuevas tecnologías para crear lazos de apoyo…

La página web de la Institución puede ser el espacio privilegiado para compartir búsquedas, gestos concretos, la diversidad de respuestas que se vayan dando, desde cada realidad local en la que esté presente un miembro de la familia teresiana, compartamos con agilidad este empeño de profundizar y vivir una llamada fuerte a la justicia a lo largo del año 2013.

María, la mujer creyente, la que acompañó desde el inicio los caminos de fe de los discípulos de Jesús, y muy especialmente de las primeras comunidades cristianas, acompañará hoy nuestro deseo de un compromiso renovado por un mundo justo y solidario.

Amar la misericordia, amar en obras y en verdad12.

Una frase de San Agustín puede ayudarnos a entrar en este segundo aspecto de la llamada profética de Miqueas: Donde no hay caridad no puede haber justicia13. Es decir el signo de identidad de todas las acciones que podamos hacer al servicio de la justicia es el amor.

Mirad cómo se aman14, decían con admiración los mismos que perseguían a los primeros cristianos de África. Porque el testimonio más fuerte que podemos darnos unos a otros es el dar la vida por una causa justa, en el día a día, desde un amor humilde y desinteresado, desde un amor que se expresa en obras y en verdad. Pedro Poveda expresa con fuerza e insistencia desde el principio de la Obra la centralidad del amor en la misma15 y toda nuestra tradición espiritual y carismática ha afirmado siempre que el vínculo más fuerte que une a los miembros de la Institución entre sí es el amor.

Sin embargo podríamos preguntarnos: ¿Y qué es amar? Las páginas de las revistas, las pantallas de nuestros televisores y de nuestros ordenadores están llenas de esta búsqueda de amor. Muchos corren detrás de la dicha por experiencias que dejan profundamente insatisfechos. Podemos sentir una gran frustración, la sensación de no alcanzar nunca el gozo esperado y, en definitiva, el miedo a que la vida no tenga sentido porque no hayamos encontrado respuesta al deseo de amar y de ser amados que toda persona humana lleva en lo más profundo de su corazón.

El evangelio nos presenta diversos relatos de la vida de Jesús que pueden ayudarnos a entender de qué amor hablamos. A Pedro la pregunta le llega en directo: Pedro, ¿me amas? (Juan 21,15) Y esta misma pregunta nos la hace a cada uno de nosotros. Esta llamada a amar a Jesús y a amar como Él, está en los cimientos de la existencia y de la vocación de todos los bautizados. Se trata de amar a Jesús y de amar a los hermanos como Él nos ama. Más aún, amamos a Dios si le reconocemos y le amamos en el más pequeño, en el excluido. Esta tarea es un combate de todos los instantes. 

Es el amor que Jesús expresa en el relato del evangelio de Mateo: 25,34: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme. Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Y el rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.

Es la actitud de María a lo largo de toda su vida: vivir un amor que es acogida, entrega y servicio. María acoge al mensajero que Dios le envía para anunciarle una noticia inesperada. María acoge a José cuando la vida empieza a crecer en ella. María acoge a unos pastores sorprendidos de recibir las primicias de un anuncio. María acoge a los Magos, que se ponen en camino en búsqueda de una estrella que, sin saberlo, les llevará a Jesús. María acoge la necesidad concreta de unos esposos, que en medio de su boda, reconocen que no tienen más vino. María acoge a los discípulos cuando el miedo les hace recluirse en el cenáculo. María acoge, ama, actúa y medita en su corazón.

Todas estas ocasiones han sido para ella, -y lo son hoy para nosotros-, ocasiones de seguir acogiendo a Dios en los hermanos. Esto nos habla de la capacidad de estar presentes en las situaciones humanas y concretas de nuestros contemporáneos para captar lo que está pasando, y entender el sentido profundo de sus búsquedas y de sus necesidades, porque nada de lo humano nos es ajeno.
María no sólo escucha, sino que también decide y actúa. Es concreta en su actuar y acoger, sale al encuentro de las necesidades no solamente desde su propias ideas, sino desde la escucha y la atención que le permite “conectar” con lo que los otros traen, con sus necesidades y con el paso de Dios a través de ellas.

El canto del Magníficat es fruto de un ponerse en camino con prontitud (cf. Lc 1,39) y fruto también de un encuentro fraterno entre dos mujeres disponibles. Encuentro que se produce desde la experiencia de la realidad y el misterio que viven estas dos mujeres. Encuentro que delata que los ojos de ambas están fijos y firmes en la Promesa de Dios, lo que les permite acoger con confianza el misterio de Dios en sus propias vidas.

María es una mujer sencilla, forma parte de los anawin -“resto” pobre y fiel de Israel- que proclama las maravillas del Señor y su predilección por los pequeños y los más pobres. En su canto, María nos comunica el sentido profundo de la intervención de Dios en la realidad.

La fuerza de su canto es fruto de la acogida, la atención y la memoria creyente, que le permiten dar un sentido global a los acontecimientos y acoger de manera vital las cosas “grandes” que Dios ha hecho en su Pueblo en favor de los pobres, los humildes y los sencillos. 

Pedro Poveda en 1920 tiene una serie de escritos sobre la importancia del vínculo de la caridad. En una asociación laical como la nuestra, donde el equilibrio entre autonomía y solidaridad interdependiente es fundamental, Pedro Poveda pone palabras claras y contundentes sobre una manera de amar en obras y en verdad: Amar en verdad es amar con justicia lo que merece ser amado, amar la virtud, la santidad o sea la participación de Dios en las criaturas, los reflejos de su infinita bondad (…) Amamos de obra cuando hacemos por nuestro prójimo algo favorable, orando por él, aconsejándole, corrigiéndole, ayudándole, liberándole de peligros, dándole buen ejemplo, sacrificándonos por su santificación, socorriéndole en todos los órdenes. Y tanto para amar de obra, como para amar de verdad, que es amar rectamente, ordenadamente, provechosamente, no se necesita hablar mucho16.

Porque toda realidad grupal y asociada, la familia, los grupos de vida, los proyectos y  todo espacio en el que nos sabemos reunidos y enviados a la misión, son lugares teológicos en donde poder experimentar el amor de Dios y el amor de los hermanos. En el seno de las diversas relaciones que construyen nuestro día a día aprendemos a amar en actos y en verdad, al mismo tiempo que podemos dar testimonio de nuestra decisión de amar y de perdonar. ¿Acaso hay alguien de entre nosotros que, por nuestras afinidades o posicionamientos, pueda quedar fuera de nuestras propias realidades comunitarias?17

En este marco del deseo de amar en obras y en verdad, queremos recordar el desafío de la prioridad que nos ha dejado la XVII Asamblea General: Vivir y generar la hermandad, signo profético del Reino, que nos sostiene y nos impulsa a la misión.
Vivir y generar la hermandad es acoger a los hermanos desde las actitudes concretas y encarnadas que reconocen a cada persona en su diferencia, en su originalidad y en su dignidad, y es el horizonte desde el que podemos construir una verdadera fraternidad y hermandad.

Asistimos en nuestra cultura, sobre todo en occidente, a un crecimiento sostenido del individualismo, y con él de la soledad y de la falta de sentido para  la cercanía y el bien compartido. Y al mismo tiempo convivimos cada vez más con otras culturas, con personas de orígenes étnicos diversos, con otras civilizaciones, con otros credos y otras costumbres. En este mundo que se nos ha quedado tan pequeño vamos a convivir de manera entremezclada culturas y lenguas.

Esto nos hace ver que nuestra experiencia del mundo no es la única, ni necesariamente la mejor, que otras experiencias de humanidad aportan riqueza y valor extraordinarios al mundo común que hemos de construir, y que la diversidad no es en primer lugar un problema ni una dificultad, sino una oportunidad para el  amor verdadero, un desafío al maravilloso don de la creatividad, una ocasión para el dialogo en profundidad y una razón fundamental para creer, esperar, servir y celebrar.

Vivimos en unas sociedades que hace tiempo han dejado de ser mono-culturales, para irse convirtiendo en escenarios de pluralidad, donde el desafío de la diferencia forma parte integrante de nuestra vida cotidiana. La diferencia nos hace comprender que para construir común humanidad todos somos necesarios. ¿Sabremos apreciar el profundo amor y gozo por la vida que late en las culturas africanas? ¿La sed de justicia y solidaridad que corre por las venas de las culturas americanas? ¿El sentido de adoración ante el Misterio, recogimiento, silencio y reverencia del alma asiática? ¿La búsqueda esforzada y constante de verdad que recorre la historia de las culturas europeas? ¿Seremos capaces de juntar sensibilidades, apreciar matices y coordinar esfuerzos? ¿Nos dispondremos a juntar a la fe, virtud;  a la virtud, ciencia18  en una suma que nada bueno excluya?

Desde los valores propios de la vocación teresiana, desde su espiritualidad de encarnación, nos sentimos llamados no sólo a aceptar la diferencia sino a amarla, a promoverla, es decir, a salir de nosotros mismos para ir en búsqueda del bien del otro, de su promoción, de su crecimiento, de su humanización, del valor profundo y único de toda su persona.

¿En qué gestos podemos concretar nuestro deseo de amar en obras y en verdad en el año 2013?

Nuevamente nos invitamos a mirar nuestra realidad y a dejarnos tocar por ella. Pero también queremos recordar el acuerdo que la XVII Asamblea General nos ha hecho proponiéndonos un signo concreto de solidaridad en el año 2013.

También el Evangelio nos invita a un estilo de vida sencillo y propone al creyente una atención y una mirada a la realidad que puede llevarle a ponerse límites, no por obligación sino por amor, no por una austeridad mal entendida sino por una opción libre, fruto del deseo de una mayor solidaridad.

Cuando Pedro Poveda propone como referencia fundacional las primeras comunidades cristianas, lo hace por varias razones. Entre ellas la comunión de bienes, el compartir. Como miembros de la Institución Teresiana esta invitación se nos hace especialmente fuerte en un momento social de tanta incertidumbre para muchos de nuestros contemporáneos. Es una llamada a descubrir el valor de un estilo de vida y de una actitud hacia el uso de los bienes materiales que sea signo de justicia y de solidaridad.

En cada uno de los momentos claves de su vida, María experimentó con intensidad su propia experiencia de un amor probado y atravesado por sentimientos, preguntas, búsquedas, alegrías, dudas y temores. Y una vez más se abandonó a la confianza en su Dios: Haced lo que Él os diga (Juan, 2,5)

Aprendamos a amar desde la confianza y el perdón, desde la acogida y el respeto, para que nuestra fraternidad sea al estilo de Jesús: Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1). Ojalá, a lo largo del año que empezamos, se vaya haciendo verdad lo que dice esta canción: Mirad como se aman, son la sal. El amor es justicia y es perdón; el amor es entregar, el amor es bendición. El amor es camino a los demás, el amor es desatar, alumbrar, acompañar19.

Caminar humildemente con Dios. Porque toda la fuerza, toda la seguridad, y toda la esperanza es de Dios, por Dios y en Dios20.

Sea cual sea nuestra cultura, nuestra edad o nuestra historia, todos los seres humanos tenemos en común una espera, una sed de vida en plenitud que solo Dios puede colmar. ¿Aceptaremos dejarnos ahondar por esta sed? Hemos experimentado que cuanto más buscamos a Dios, más podemos hacer este asombroso descubrimiento: Él es quien nos busca primero.

El corazón humano desborda de deseos y de aspiraciones. Decidir las aspiraciones que ponemos en primer lugar, escuchar lo que nos habita, nos pone ya a la escucha de Dios. Porque Dios nos habla a través de nuestros deseos y aspiraciones. A nosotros nos toca discernir su voz entre tantas voces interiores.

Dejarnos trabajar por la sed de Dios no nos aparta de las preocupaciones del mundo que nos rodea. Al contrario, esta sed nos lleva a reconocer que en el mundo de hoy renace una espera espiritual y quizá nos toca hacer accesible a los demás la fe que nos da la vida.

Caminar humildemente con Dios es dejar que despierte en nosotros la más profunda de las esperas: ¡el deseo de Dios!  Es verdad que el espíritu de asombro y de admiración no son fáciles de mantener en una sociedad que valora tanto la eficacia inmediata. Sin embargo, en medio de esos silencios en los que aparentemente no pasa nada, el Espíritu Santo trabaja en nosotros, a veces sin que sepamos cómo.

La vida de Jesús nos introduce en esta perspectiva: se dejaba conducir por el Espíritu y no cesaba de referirse a la presencia de Dios Padre en su vida. Es el fundamento de su libertad y de su entrega. También en nosotros hay ese deseo de absoluto hacia el que tendemos, una sed de amar y de ser amados que nada ni nadie puede apagar.

Saber esperar el momento de Dios en nuestra vida… Estar ahí, permanecer simplemente, gratuitamente. Reconocer que Dios está presente en nuestra espera. Hacer silencio como expresión de nuestra apertura a Dios. Los creyentes marcados por la fuerte secularización de algunas culturas, ¿encontraremos en la interioridad una fuente de renovación de nuestras formas de acoger a Dios en nuestras vidas?

Vivimos un momento especial y único en la historia de la humanidad. Estamos convencidos de que para acercarnos a la riqueza de Dios necesitamos de todas las voces, de todos los pueblos, de todas las religiones, porque ninguna religión es tan pobre que no pueda dar algo ni tan perfecta que no tenga nada que aprender. El Concilio Vaticano II reconoció que cada religión posee “semillas de verdad”21. Cada religión tiene su luz propia, produce un fragmento de esperanza y en estos momentos en los que la humanidad se ha hecho más planetaria, los hombres y las mujeres que habitan este mundo necesitan formas complementarias de buscar a Dios, necesitan testigos de una vida interior profunda, atención a la dimensión estética, a la belleza, porque ahí se manifiesta también el rostro de Dios.

Es un momento importante para el ecumenismo y para que, desde todas las experiencias cristianas, busquemos el rostro de Dios manifestado en Jesús, sabiendo que la responsabilidad de este camino de descubrimiento y anuncio es de todos los cristianos.

Esto nos pide seguramente otro estilo de estar en medio de los hombres y mujeres con los que nos encontramos en la vida cotidiana. Otro estilo y otra manera de entender la misión y la evangelización.

En el Mensaje final del Sínodo de los Obispos para la Nueva Evangelización leemos estas palabras: Queremos resaltar que la nueva evangelización se refiere, en primer lugar, a nosotros mismos (…) Para poder evangelizar el mundo, la Iglesia debe, ante todo, ponerse a la escucha de la Palabra. La invitación a evangelizar se traduce en una llamada a la conversión. La evangelización descansa sobre esta serena certeza. Confiamos en la fuerza del Espíritu que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer: vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor… La promesa de Jesús nos acompaña: “No se turbe vuestro corazón y no tengáis miedo” (Juan 14,27)22

Caminar humildemente con Dios nos pide una escucha profunda y una apertura receptiva a su palabra. Familiarizarnos con la Palabra de Dios de manera personal, grupal, institucional, junto a tantos hombres y mujeres con los que estamos cada día, dentro y fuera de la comunidad de la Iglesia, es un camino seguro para quienes queremos seguir ahondando la experiencia de fe dejándonos interpelar por la Palabra.

Nos invitamos a dar un lugar prioritario a la Palabra de Dios a lo largo de este año como elemento esencial que nos pone en camino y nos hace reconocer y acoger nuestra propia búsqueda de Dios. Démosle un lugar esencial y prioritario en nuestras vidas personales y en nuestros encuentros grupales, para dejarnos interpelar, cuestionar y transformar por ella.

Pedro Poveda en 1917 nos decía con la fuerza de un fundador que pone raíces a su obra: Habéis de poner singular empeño en conocer bien la vida de Jesucristo, estudiando con amor los santos evangelios…. Y ahí es donde encontraréis el prototipo al que habéis de imitar todas. Aprended a ser humildes como Jesús; como Jesús prudentes, fuertes, pacientes, bondadosas, compasivas, caritativas. Orad como Él y con Él; disponeos para vuestro apostolado como se preparó el Maestro; perseverad en Él…23

Desde la Palabra se fortalece nuestra amistad con Dios, se hace más vivo nuestro encuentro con Jesús, porque nos revela nuestra propia identidad y lo esencial de nuestra vocación-misión.

Desde la Palabra, recibimos el impulso para discernir los caminos de Dios y para empeñar nuestras vidas por el Reino. La Palabra de Dios nos interpela y nos abre horizontes nuevos para aprender a  discernir las semillas del Verbo en la historia.  
En el diálogo de la anunciación hay una profunda atención de María al momento de Dios en su historia. Este diálogo que le llega de manera totalmente imprevista, se transforma para María en un diálogo, sencillo, profundo, delicado, un diálogo de fe, de amor y de confianza en Dios, para el que nada es imposible (Lc 1,37). En ese diálogo de fe, se revela quién es Dios y quién es ella misma.

María escucha, acoge, y se sitúa con disponibilidad ante el Misterio: Dijo María: he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra. Y el ángel, dejándola, se fue (Lc 1, 38).  Creemos desde la fe, que ese diálogo ha cambiado para siempre el curso de la historia de la humanidad.

Miremos a María, para que nos vayamos transformando cada día en servidores de la Palabra.  Ella, que acogió la palabra; ella, en la que esa Palabra se hizo vida y esperanza, acompañará hoy nuestra misión de ser sal y luz por los caminos del  mundo.

¿Qué gestos acompañarán nuestra búsqueda de Dios, nuestro deseo de Dios?

También la pagina web de la Institución puede ser ese espacio privilegiado en el que podamos compartir los caminos que vamos recorriendo con nuestros contemporáneos buscando a Dios, y reconociendo sus búsquedas a través del arte, la música, la pintura, los cantos, la poesía, la ciencia, la justicia, los pobres… Ofrezcámonos desde la diversidad de lenguas y culturas la gran riqueza de la sed y del deseo de Dios en nuestro mundo. Busquemos con todos el rostro de Dios que Jesús reveló y que el Espíritu va descubriendo a los sencillos y limpios de corazón.

La palabra que en este Año de la Fe acompañará nuestra búsqueda y compromiso por la justicia, amando en obras y en verdad y caminando humildemente en la búsqueda de Dios será:

Feliz tú porque has creído (Lucas 1, 45)

 


 

Notas:
 
1: PEDRO POVEDA. Creí por eso hablé, -295-. 1928

 2 -434- 1934.

 3 -43- 1909

 4 CONSEJO DE CULTURA. Una misión transformadora para un mundo en cambio, Roma 2011

 5 -521- 1936

 6 Asamblea Plenaria ad experimentum 2011, p. 87

 7 XVI Asamblea General, 2006 "La Institución Teresiana en los albores del siglo XXI comprometida con su futuro". pág. 158-22.

 8 -158- 1920

 9 Ibid.

 10 Mensaje de Adviento y Navidad 2012

 11 -409- 1936

 12 -173- 1920

 13 SAN AGUSTÍN, De Gratia Christi I, 26,27

 14 TERTULIANO, Apologético, 39,7

 15 -49- 1911

 16 -173- 1920

 17 Mensaje de Adviento y Navidad 2012

 18 -111- 1919

 19 GRUPO ALHARACA, Palabras de Vida

 20 -297 1929

 21 Nostra Aetate, 2

 22 Mensaje final del sínodo sobre la Nueva evangelización para la transmisión de la fe, Roma 26 octubre 2012

 23 -84-1917

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